por qué el cante y no el silencio, terapias radicales para el buen posicionamiento de la lengua, lamentables herencias, mortal gastronomía, a midsummer night`s dream.

    Así como lo importante de un cantante no es lo que canta sino lo que no canta, lo importante de un bloguero no es lo que escribe sino lo que no escribe. Respecto a la segunda afirmación declino dar cualquier tipo de explicación salvo en presencia de mis abogados. En cuanto a la primera sentencia, llegué a esta conclusión hace mucho tiempo viendo al Agujetas cantando un martinete en la película “Flamenco” de Saura. El martinete es un palo que se canta sin acompañamiento, sin guitarra ni palmas. Acaso, algunas veces, se acompaña únicamente de un ritmo básico hecho, por ejemplo, golpeando con los nudillos en una mesa, dizque imitando los golpes del martillo en la fragua majando el hierro candente. Pero en este martinete del que hablo no hay más que los cantaores: Manuel Moneo y Manuel de los Santos Pastor “Agujetas”, ambos de Jerez. Agujetas es un hombre pequeño, enjuto, con cara de malo, afilada. Recuerda a un zorro. En el aspecto y también cuando canta, deja entrever algo primitivo, algo sin civilizar, casi salvaje. Una cicatriz que le cruza la cara y, cuando abre la boca, todos los dientes superiores de oro, le dan una estampa que impone respeto, por decirlo suave. En la película empieza cantando Moneo; dice un par de coplas y se calla. Y desde el mismo instante en que se calla ya está cantando Agujetas, no porque arrebate cantar su parte, no, se da un tiempo largo hasta que hace la entonación de su primera copla; desde que Moneo calla el Agujetas está cantando el silencio. El silencio surge de Agujetas, emana de él. Esos son los grandes, los que cantan silencio.

    Yo he vuelto a dar otra clase de yoga de la voz. La profesora todavía no me manda ejercicios de cantar el silencio. De momento me hace cantar cogiéndome la lengua con los dedos y tirando de ella fuera de la boca. De esta guisa canto primero ejercicios vocales pero después canciones. Intenta cantar Volver agarrándote la lengua con los dedos y luego me cuentas. Dice la profesora que meto la lengua atrás cuando canto y estorba a las cuerdas vocales y que me va a enseñar a tener la lengua en su sitio por las buenas o las malas. Más que yoga de la voz esto parece canto zen; lo digo por la costumbre que tienen los maestros zen de golpear a sus alumnos cuando se desconcentran o hacen algo mal. Después de este ejercicio, realicé otro, continuación del anterior, que consiste en cantar sujetando un botón entre la lengua y los incisivos inferiores; el objetivo es el mismo; ser consciente de si retraso la lengua mientras canto. La verdad es que después de hacer estos ejercicios canté una canción y, oye, mano de santo. Me había cambiado la voz a mucho mejor. Tenía más sitio dentro de la boca. Luego de la clase estaba tan contento que me emborraché y todavía estoy de resaca, así que no he podido estudiar los ejercicios, pero esta semana los bordo, ya verás.

    Mis vecinos filipinos me siguen dando tormento de vez en cuando. Ahora ha dejado de atormentarme momentáneamente el padre, que era el que ponía de noche y de día el mismo disco de hits de los noventa con Celine Dion, Withney Huston y compañía y ha tomado el relevo un hijo de unos diecisiete, preciosa edad, al cual se le deben haber acabado los estudios que sea que está cursando y pasa más horas de las que debe en el hogar y, lo que es peor, a horas que no están sus progenitores, que quieras que no algo de orden ponen. Este alegre adolescente ha heredado varias cosas de su padre; a saber: su gusto por la música abominable, en su caso no son exitazos de los noventa sino una suerte de música disco hiphop filipina que, he averiguado, es lo que utilizan en Guantánamo para los interrogatorios chungos. También ha copiado la costumbre de tener un único disco o cedé y la capacidad para administrárselo cuatro o cinco veces al día. Bien es cierto que no todo lo imita de su progenitor, en algunas cosas es original; el cabrón este pone la música a todo trapo, a lo que dé el equipo, aunque retiemblen las paredes. Tengo que decir en su descargo que las dos veces que he tenido que pedirle que bajara la música porque era incapaz de entonar una nota en mi casa, me ha pedido disculpas muy educadamente y ha bajado el volumen hasta un nivel permitido por la convención de Ginebra.

    Espero no obstante, que los tormentos filipinos cesen por completo a corto o medio plazo; estimo que todos morirán en breve por accidentes cardiovasculares causados por su cultura gastronómica. No veas como huele a aceituzo refrito todo el descansillo tres veces al día. ¡Sagrado Corazón de Jesús, si hasta se fríen el desayuno!

    Anoche fue la noche de San Juan, casi por compromiso. Yo que tantas veces la he celebrado en Cuenca, donde no se celebra, que tantas hogueras he hecho y he saltado, yo que he estado en urgencias la madrugada de algún veinticuatro de junio, oliendo a humo, aquí me quedé en mi casa mientras la ciudad entera ardía. Hay que joderse como soy: si me dicen blanco, negro, si me dicen negro, blanco. Hoy me he abstenido de ir a la playa de mañanita porque tengo vistas las dos temporadas de the walking dead y me hago una idea de cual era el espectáculo. Hasta las tres de la mañana que me dormí, calzándome unos tampones en los oídos, no se dejaron de oír petardos y tracas y ver fuegos artificiales que salían de cada calle. En la azotea enfrente de mi casa estuvieron un buen rato tirando cohetes. Yo, mientras, estaba  haciendo morder el polvo a Kasparov, machacando la apertura Reti con la que intentó embaucarme. Al rato de ver por el rabillo del ojo a mis vecinos tirando petardos y cohetes que iluminaban todo el interior de nuestra manzana, a donde dan mis ventanas, se me ocurrió hacer una foto de esa imitación de ataque aéreo para ilustrar esta entrada del blog; para cuando encontré la cámara teléfono, la encendí y le puse la contraseña, mis vecinos habían agotado sus existencias pirotécnicas, no les quedaba ni con qué encender, nunca mejor dicho. Pasé varios ratos largos con la cámara en la mano enfocando la ciudad, como un gilipollas, para pillar algún fuego artificial que tiraran cerca. Cuando me cansaba y me retiraba de la ventana, invariablemente estallaba uno tremendo, pero daba igual el tiempo que me quedara de nuevo; mientras estaba de guardia, nada. Pero nada de nada. A las pruebas me remito.

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